Desde hace casi un siglo, la fortaleza del dólar ha sido interpretada como una expresión directa del poder económico de Estados Unidos.

Una moneda fuerte reflejaba confianza, atraía capitales, reducía el costo de las importaciones y reforzaba la posición del dólar como principal reserva internacional.

Sin embargo, esa lectura comienza a resultar insuficiente para visualizar la narrativa que nos sucede.

En una economía que intenta recuperar capacidad industrial, reducir dependencias estratégicas y competir frente al ascenso productivo de China, el dólar más fuerte no siempre es el dólar más conveniente.

La pregunta ya no es únicamente cuánto vale la moneda estadounidense.

La pregunta es para qué necesita utilizarla Estados Unidos.

La contradicción de una moneda dominante

El dólar ocupa una posición excepcional dentro del sistema financiero internacional.

Es utilizado para fijar precios, realizar transacciones, acumular reservas y adquirir activos considerados seguros.

Esa demanda permanente permite a Estados Unidos financiarse en condiciones que difícilmente podrían reproducir otras economías.

Pero esa ventaja también produce una contradicción.

Cuando el dólar se fortalece demasiado, los productos estadounidenses se vuelven más caros en el exterior, mientras que las importaciones resultan relativamente más baratas dentro de Estados Unidos.

Esto favorece al consumidor y fortalece la capacidad financiera del país, pero puede debilitar la competitividad de su industria.

Una moneda fuerte protege el poder de compra.

No necesariamente protege la capacidad de producir.

De la eficiencia financiera a la reconstrucción industrial

Durante buena parte de la globalización, esa contradicción podía administrarse.

Estados Unidos concentraba actividades financieras, tecnológicas y de alto valor, mientras una parte creciente de la producción manufacturera se trasladaba hacia economías con menores costos.

El sistema funcionaba porque la pérdida de capacidad industrial era compensada por el acceso a productos baratos, abundante financiamiento y dominio tecnológico.

Pero ese equilibrio comenzó a mostrar límites.

Las interrupciones logísticas, la competencia por los semiconductores, la dependencia de minerales críticos y la expansión industrial de China revelaron que la capacidad de producir no puede sustituirse indefinidamente con capacidad de compra.

En una crisis, no basta con tener dinero.

También importa tener fábricas, energía, infraestructura, trabajadores especializados y cadenas de suministro disponibles.

El dólar como instrumento de política industrial

Desde esta perspectiva, un dólar relativamente menos fuerte puede cumplir una función estratégica.

No se trataría necesariamente de debilitarlo hasta comprometer su posición internacional.

Se trataría de evitar que su fortaleza dificulte la reconstrucción de la base productiva estadounidense.

Un dólar más competitivo puede favorecer las exportaciones, mejorar la posición de los fabricantes nacionales y complementar otras medidas como los aranceles, los subsidios, los incentivos fiscales y la relocalización industrial.

Ninguna de estas herramientas sería suficiente por sí sola.

Los aranceles pueden encarecer las importaciones, pero si la moneda mantiene una fortaleza excesiva, la producción estadounidense continúa enfrentando desventajas frente a sus competidores.

Por eso la política comercial, la política monetaria y la estrategia industrial comienzan a formar parte de una misma arquitectura.

No se trata de renunciar a la hegemonía

La posibilidad de un dólar tácticamente menos fuerte no significa que Estados Unidos busque abandonar su posición monetaria internacional.

La demanda global de dólares continúa siendo una de sus mayores ventajas estratégicas.

Le permite financiar deuda, absorber capitales durante periodos de incertidumbre y mantener una influencia considerable sobre el sistema financiero internacional.

El objetivo no sería destruir esa arquitectura.

Sería utilizarla con mayor flexibilidad.

La hegemonía monetaria no depende necesariamente de que el dólar alcance siempre su mayor valor frente a otras monedas.

Depende de que siga siendo indispensable para el funcionamiento del sistema.

Una moneda al servicio de una estrategia

El debate sobre la fortaleza del dólar suele presentarse como una discusión exclusivamente financiera.

Pero su valor también tiene consecuencias industriales, comerciales y geopolíticas.

Una moneda demasiado fuerte puede reforzar el poder financiero de Estados Unidos mientras erosiona parte de su capacidad productiva.

Una moneda relativamente más competitiva puede facilitar la reconstrucción industrial, aunque también incremente el costo de las importaciones y genere nuevas presiones internas.

La dificultad consiste en encontrar un equilibrio.

Estados Unidos necesita conservar la confianza internacional en su moneda, pero también necesita evitar que esa misma fortaleza se convierta en un obstáculo para producir los bienes que considera estratégicos.

Dicho con veneno editorial:

Al parecer, el dólar ya no comienza a entenderse únicamente como el símbolo financiero de la hegemonía estadounidense.

También funciona como una herramienta para decidir qué parte del poder debe conservarse en los mercados y qué parte necesita regresar a las fábricas.


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