La interpretación convencional sostiene que la inflación es un problema que debe combatirse mediante políticas monetarias restrictivas. Sin embargo, existe otra posibilidad que merece explorarse: que parte de la inflación contemporánea esté funcionando como un fenómeno compatible con una transformación estructural del sistema económico internacional.
Nuestra hipótesis parte de una observación sencilla.
El modelo de globalización construido durante las últimas décadas privilegió la eficiencia. Las cadenas de suministro fueron optimizadas para reducir costos, concentrar producción y minimizar inventarios. Mientras el entorno internacional permaneció estable, este modelo produjo elevados niveles de crecimiento.
Sin embargo, la pandemia, las tensiones geopolíticas, las sanciones económicas, los conflictos energéticos y la competencia tecnológica revelaron una vulnerabilidad fundamental: un sistema extremadamente eficiente también podía ser extremadamente frágil.
La respuesta que comienza a observarse es distinta.
Gobiernos y empresas anuncian inversiones sin precedentes en manufactura, energía, infraestructura, defensa, semiconductores, minerales críticos y relocalización industrial.
En otras palabras, el sistema parece estar sustituyendo parte de la eficiencia por resiliencia.
Esa transición no es gratuita.
- Duplicar proveedores.
- Diversificar rutas comerciales.
- Construir capacidad energética adicional.
- Incrementar inventarios.
- Relocalizar producción.
- Desarrollar nuevas cadenas industriales.
Todo ello requiere enormes cantidades de capital.
Es aquí donde surge la hipótesis.
La inflación podría no ser únicamente una consecuencia indeseada de este proceso. También podría estar facilitando las condiciones financieras necesarias para absorber una expansión sostenida del crédito destinada a financiar esta nueva arquitectura industrial.
Dicho con veneno editorial
Quizá el objetivo nunca fue eliminar completamente la inflación.
Quizá el verdadero objetivo sea mantenerla en un nivel suficientemente alto para financiar la construcción de una nueva arquitectura industrial, pero lo bastante controlado para que el sistema de deuda continúe funcionando.
Porque construir resiliencia cuesta dinero.
Duplicar fábricas cuesta dinero.
Duplicar proveedores cuesta dinero.
Construir nuevas cadenas de suministro cuesta dinero.
Relocalizar industrias cuesta dinero.
Y en un sistema donde prácticamente todo se financia mediante deuda, el dinero nuevo necesita una razón para existir.
Quizá la inflación no sea únicamente un efecto secundario del proceso.
Quizá sea el mecanismo mediante el cual el propio sistema financia su transformación.
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